Sabias Qué?

Cocuyo
cocuyo


También llamado Luciérnaga, son coleópteros o escarabajos que tienen una sorprendente fuente de energía para alumbrar sus movimientos al anochecer. El macho tiene las alas bien desarrolladas y ojos grandes, mientras las hembras, las tienen reducidos a escamas y los ojos pequeños, conservando durante su vida aspecto de larva, y despide una luz fosforescente de color blanco verdoso.

El Tero (Teru teru)
tero


Vemos teros en muchas zonas de El Moro, cerca de las piscinas y del arroyo, o en el medio de los lotes. Comen insectos, así que son bienvenidos en nuestros jardines. Están en grupos, quietos hasta que algo los alarma; entonces, hacen un vuelo rasante al grito de teru-teru!. Le temen a los caranchos y a los chimangos que amenazan sus nidos.

Es muy astuto para con el cuidado de su nido, pues ante la presencia de un intruso teatraliza la situación echándose como si estuviera empollando, pero en otro lado; para que el visitante se dirija hacia él. En algunas ocasiones hace vuelos cortos alejándose de su nido con la apariencia de no poder volar bien, como si estuviera herido; repitiéndolo varias veces cada vez más lejos hasta que pase el peligro..

LEYENDA DEL TERU TERU

tero


"Allí donde terminan los piquillines y empieza el algarrobal, en una pampita próxima a la ciénaga, asentóse una mañana de primavera un reluciente tero, señor de elegantes maneras, majestuoso andar y pulcra vestimenta. Con ceremoniosos pasos recorrió el lugar, saludando con natural cortesía a sus habitantes, a quienes anunció que se establecería con un almacén.

Este suceso fue muy comentado: significaba un adelanto que sentara allí sus reales un comerciante de tanta probidad y cultura. La noticia se extendió en muchas leguas a la redonda con alborozo para sus pobladores, que tendrían donde adquirir sus "vicios".

Cuando el almacén estuvo con el surtido necesario, salió el dueño a pregonar sus mercancías, haciendo gala de optimismo e infundiendo nuevas esperanzas con el alegre "tero, tero, tero".

Así voló sobre lagunas, esteros, cañadas y montes cargados de nidos, a cuyos moradores consideraba presuntos clientes. Al oírlo, las ranas emergieron de la represa para hacer el coro del croá, croá, croá, amontonadas en un bordito. Desde los algarrobos en flor estalló la presentación cordial del pito Juan: pito juan, pito juan, pito juan, mientras que en la espesura de los churquis, un pajarito se anunciaba con la repetición monótona de su nombre: pijuí, pjuí, pijuí, contestando entre los yuyos el chingolo: chicolí, chicolí, acompasando sus saltitos en señal de bienvenida.

Pero a recibimiento tan cordial, no faltó el saludo burlón del bicho feo, bicho feo, de quienes estaban dispuestos a la jarana.

Una vez que el tero abrió el negocio, empezó a atender a los clientes, ya fuera el mandadero de la lechuza que iba por tabaco, o las urracas, que presumiéndole al dueño, acudieron a comprar un peine ( que buena falta les hacia) y una aguja para coserse las hilachas que les colgaban.

De más está decir que estos clientes efectuaban las compras al contado; pero un día acudieron unas hilanderas llamadas vizcachas que adquirieron varias cosas inútiles, prometiendo pagarlas al hacer la próxima visita. Más no fue así, se presentaron una y otra vez llevándose hasta la leña cortada que el tero guardaba en la cocina, sin dejar un centavo a cuenta.

Cuando el tero se dio cuenta, estaba ya en la calle, con el almacén fundido. Y como las vizcachas, que también tenían fama de chismosas, no llegaron más, decidió ir a cobrarles, pero éstas, maliciándolo, habían cavado unas cuevas hondas, donde se escondían con sus cosas, dejando afuera únicamente la leña.

Al llegar el tero, reinaba el más completo silencio.

Como era tan prudente y de finos modales, se anunció de puerta en puerta, con respetuosas venias, por si asomaban las dueñas de casa; pero éstas no dieron señales de vida, actitud que obligó al tero, siempre tan digno y decente, a gritarles su poca verguenza, sin resultado alguno.

Desde entonces se acostumbraron las vizcachas a salir de noche, para chismear y buscar alimento, aprovechando que el tero y los demás habitantes del campo duermen.

Con la esperanza de cobrar la cuenta, todavía recorre el tero las vizcacheras y espera, con la elegancia de siempre, aunque sólo le quedaron el chaleco negro y los calzoncillos, que aparezcan las muy taimadas, que hasta lo dejaron sin casa y con los ojos colorados de tanto desvelarse ... " .


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